Sobre el libro

Del autor, Rafael J. Hernández

Cuando el doctor me dijo que tenía cáncer, me reí.

Tenía 23 años. Me acababa de mudar a Savannah para estudiar en la universidad de mis sueños, llevaba un trimestre en una maestría que había perseguido durante años, y me faltaban semanas para volar a Venezuela por primera vez en once años. El cáncer no estaba en los planes. Así que cuando escuché la palabra, mi primera reacción fue casi graciosa de lo segura que era. Eso no es conmigo.

Pero no era broma. Le pregunté si todavía podía ir a Venezuela. Me dijo que no me lo recomendaba para nada, que necesitaba una biopsia y unos estudios lo antes posible. Era sarcoma de Ewing, un cáncer de hueso que suele afectar a niños. En un adulto es poco común. Mi doctor calculó mis probabilidades en una en un millón. No lo dijo para consolarme.

Lo que siguió fue un año. Dieciséis ciclos de quimioterapia y una cirugía para quitar el hueso afectado. Al principio, a pocas semanas del diagnóstico, la biopsia y los estudios salieron sin señales de que se hubiera extendido. Las palabras "sin metástasis" nunca las voy a dar por sentadas.

Lo que el cáncer pospuso, no logró borrarlo. El viaje que perdí ese noviembre del 2006 por fin lo hice en enero del 2008. Un mes en casa, todavía recuperándome, vivo.

La parte más difícil vino después, cuando los estudios ya salían limpios y se suponía que yo simplemente estaba bien. Entender lo que me había pasado me tomó años, y la terapia fue el detonante que me permitió empezar el trabajo de verdad. Me desarmó y me volvió a armar alrededor de otros valores. Me hizo más empático. Me enseñó a sentir lo valioso que es estar vivo como nunca lo había sentido, y lo digo en serio en cada cumpleaños, que todavía celebro a lo grande, porque cada uno cuenta.

También me hizo miembro de un club. Cualquiera que haya enfrentado el cáncer sabe de cuál hablo. Pierdes a personas que estabas seguro de que se iban a quedar. Ganas a personas que te entienden sin que tengas que explicarles nada, que se saltan la conversación de cortesía y van directo a lo que es real. Es el mejor club al que nadie quiere entrar, y esa contradicción es el título de este libro.

Esto es lo que más quiero que un niño sepa, y lo que más me costó aprender. Tus sentimientos están permitidos. Todos. El miedo, la rabia, la tristeza, las ganas de ser valiente un día en que no te sientes valiente. Ninguno te hace débil. Cada uno pone su granito. Junto con tu instinto y tu cabeza, se vuelven una especie de brújula, lo que te dice quién eres y hacia dónde ir. La valentía empieza cuando te dejas sentir lo que sientes.

Casi no escribo este libro. Soy diseñador, y escribir un libro nunca iba a ser mi trabajo, así que tenía una larga lista de razones para dejarlo sin escribir. Mi prometida, Monse, no dejó que esas razones ganaran. Me hacía una sola pregunta, ¿por qué no?, y me siguió animando hasta que dejé de posponerlo. Quizás habría llegado hasta aquí por mi cuenta algún día. Ella es la razón por la que llegué ahora. Las ilustraciones son de mi prima Josy. Crecimos juntos en Maracaibo, y después la vida nos separó: yo me fui a los Estados Unidos y ella a Colombia. Hacer este libro ha sido un reencuentro familiar dibujado página por página.

El niño del cuento se llama Josué, y todos le dicen Josuecito. El nombre viene de mi segundo nombre, Josué, que en inglés es Joshua; por eso en la edición en inglés se llama Joshy. Lo hice chiquito, gracioso y fácil de querer a propósito, porque mientras más fácil es quererlo, más importa cuando tiene miedo, y más significa cuando encuentra la salida. Es el niño al que le estaba hablando, un poquito de mí y quizás un poquito de todos nosotros, porque una parte de nosotros siempre sigue siendo así de chiquito, dando lo mejor de nosotros y preguntándonos en silencio si somos suficientes.

Lo somos. De eso se trata todo el libro, en realidad. Termina con la frase que todavía no puedo decir en voz alta sin detenerme. Eres más valiente y fuerte de lo que puedes imaginar.


Sobre el autor

Rafael J. Hernández entró al club que le da nombre a este libro a los 23 años, cuando le diagnosticaron sarcoma de Ewing, un cáncer de hueso que suele afectar a niños y adolescentes. Después de un año de quimioterapia y cirugía, los estudios salieron limpios. Desde 2010 es mentor de personas que enfrentan un diagnóstico parecido. Nació en Venezuela y creció en Maracaibo. Es diseñador de producto de profesión y este es su primer libro. Vive en Miami Beach con Monse y sus goldendoodles, Archie y Coco, y todavía celebra cada cumpleaños a lo grande, porque cada uno cuenta.

Sobre la ilustradora

Josymar Arteaga es una ilustradora venezolana con más de 15 años de trayectoria en el arte tradicional y digital. Su obra se nutre de la naturaleza, la botánica y el mundo emocional, y combina técnicas como la acuarela y el gouache para crear universos visuales sensibles y expresivos. Además de ilustrar libros, facilita talleres y encuentros artísticos comunitarios.